Lo que no puedes ver de ti mismo

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Era asesor financiero. Bueno en lo suyo, con convicción genuina de querer ayudar. Llegó a la sesión describiendo a su cliente con una claridad impecable: la estrategia equivocada, las decisiones que debía tomar, los cambios que necesitaba hacer. Todo resuelto, todo ofrecido. Su cuerpo hacia adelante en cada frase.

El problema, me decía, era que el cliente no respondía como él esperaba. Y cuando eso pasaba, algo se apagaba. El entusiasmo por seguir ayudando se iba. Y con él, muchas veces, el cliente también.

Le pregunté: ¿Has indagado alguna vez lo que siente y piensa tu cliente cuando tú le estás explicando todo eso?

Se echó hacia atrás en la silla.

Fue el primer movimiento en esa dirección que le vi hacer en toda la conversación.

Existe algo que los líderes y emprendedores raramente incluyen en su diagnóstico de negocio: sus propios puntos ciegos corporales. No hablo de inteligencia emocional en abstracto. Hablo de algo más concreto, más antiguo: la dirección hacia la que tu cuerpo se mueve por inercia, y cómo esa inercia está moldeando cada decisión, cada conversación, cada resultado que obtienes —o que se te escapa.

Rodrigo Pacheco, en su investigación con The Newfield Network, lo describe con precisión: cada ser humano desarrolla una disposición al movimiento. Una especie de gravedad interna que nos jala —hacia adelante, hacia atrás, hacia arriba o hacia abajo— antes de que tengamos palabras para explicarla.

Esa disposición no es un defecto. Es una adaptación. El cuerpo aprendió a moverse así porque en algún momento esa respuesta funcionó. El entorno nos fue domesticando, y nosotros fuimos siendo lo que el entorno premió.

El problema no es la dirección. El problema es cuando esa dirección se convierte en la única.

El emprendedor que siempre va hacia adelante —y lo reconocerás porque habla antes de escuchar, ofrece antes de preguntar, diagnostica antes de indagar— tiene una energía extraordinaria para abrir caminos. Y una zona ciega casi perfecta para lo que queda detrás: el cliente que necesitaba sentirse escuchado antes de recibir la solución, el equipo que esperaba ser visto antes de ser dirigido, la relación que se fue enfriando sin que nadie lo notara a tiempo.

En el caso de este asesor, el patrón era sutil y devastador a la vez: él interpretaba la falta de respuesta del cliente como desinterés, como señal de que el cliente no quería continuar. Pero lo que en realidad estaba pasando era más simple y más doloroso: el cliente nunca había sido preguntado cómo se sentía. Nunca había habido espacio para él en la conversación.

«Los problemas de hoy vienen de las soluciones de ayer.» — Peter Senge

Las mismas respuestas que nos llevaron hasta aquí son, con frecuencia, las que nos limitan para ir más lejos.

La auto-observación no es introspección pasiva. Es una práctica activa: notar cómo te mueves, qué emociones tienes más a la mano, qué tipo de conversaciones evitas, dónde el cuerpo se contrae sin que lo hayas decidido conscientemente.

Eso es exactamente lo que exploramos en nuestros procesos de intervención y acompañamiento de lideres y miembros del equipo en los Negocios, no es teoría sobre liderazgo, exploramos el mapa de tu propia disposición al movimiento, con toda la honestidad que eso requiere. Qué has ganado actuando desde ahí? Qué costos y consecuencias te ha generado? Y qué nuevas direcciones necesitas aprender a habitar para llevar tu negocio —y tu liderazgo— al siguiente nivel.

Porque el liderazgo consciente no comienza cuando dominas el mercado. Comienza cuando puedes verte a ti mismo con la misma claridad con que ves a los demás.

Al final de esa sesión, el asesor se quedó mirando hacia la ventana un momento.

«Nunca me lo había preguntado así», dijo.

A veces el primer paso no es hacia adelante. A veces es simplemente detenerse lo suficiente para ver dónde estás —y qué dirección has estado ignorando.

Si esto resuena contigo, contáctanos y hablemos de ti y tu negocio

Sharon Marcano

CEO, Master Coach & Consultor de Negocios

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